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Entre charla y charla, mi amiga me confesó su profundo amor por alguien que no la entiende, alguien que solo busca lo intrascendente del placer y no mira su psiquis, su capacidad humana de vivir los segundos en armonía con el cosmos. Ella sabe que su energía la transporta a desterrar miedos y que su cuerpo tiene la belleza necesaria para que los caballeros la regresen a ver cuando camina por las calles, sin embargo ama al caballero de las tenazas de aluminio; al príncipe de los desencantos.
Y para colmo de males ella ha descubierto que al hombre que ama, es un mentiroso y además es impotente, que su frialdad y desamor eran parte de una estrategia para tenerla atada a una mentira. Una mentira que ella quiere romper y que sin embargo como “maldición gitana” la tiene inmóvil por amor. Cuántas cosas estúpidas se han hecho en el mundo por amor, como atarse y dejar de ser, como romperse los sueños y nunca más volar. Con mi amiga estamos descubriendo que a veces el amor no es suficiente y que si uno se dejar llevar por sus brisas tarde o temprano uno ya no es uno convirtiéndose en un pensamiento de alguien más.
El amor es un puente de alas que nos permite volar, cómo y dónde aterricemos no es fruto de la casualidad sino de la causalidad en ese cultivar que nos procura el amor, que nos procura la vida y los actos que vamos forjando entre aquellos que nos hemos propuesto y necesitamos amarnos, pero cuando en ese frágil equilibrio el amor comienza a matarnos lo mejor que podemos hacer es dejar a un lado al amor, dejar a un lado a la esperanza que este nos pueda producir e iniciar una nueva vida enterrando parte de nosotros mismos con ese nuevo caminar.
No podemos vivir sin amor, pero no podemos atarnos a un amor. Si dejamos uno que lastima y que no nos hace florecer otros nacerán en el camino.


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